dijous, 15 de novembre de 2007

De Felicidades Reales o Fingidas


Estos días he visto otra vez cómo, cerca de mí, una adolescente que necesitaba, que pedía a gritos una escucha, un espacio donde preguntar(se), era conducida a la consulta de un psiquiatra de mi barrio (todos parecen estar por aquí, los buenos y los malos), que la tranquilizó diciéndole que lo suyo era un problema fisiológico, que se curaba con química, y acto seguido le recetó (sin duda ese profesional, además de los 300 euros que les cobró por la consulta, será premiado por los laboratorios) un símil del prozac y diazepam para las "crisis".

No he podido evitar que ese hecho me recordase viejas historias más tristes (y también otras que acabaron bien), ni que me preocupase cómo ese hecho afectaba a otros cercanos. Yo sé que soy radical y no puedo evitarlo. He visto demasiado encarnizamiento, he visto destruir o destruirse a alguien a base de intentar apagar, aparcar, negar, desviar el dolor con química, sin preguntar/se. Y en cambio, he visto rehacerse, reconstruirse a otros creando un espacio donde interrogarse, escucharse, repensarse.

El otro día me mandaron un artículo de La Vanguardia que decía:
,-La Secretaria de Estado para la Salud británica ha aprobado un plan masivo para que puedan acceder a la terapia psicológica más de 900.000 personas afectadas por problemas de ansiedad y depresión. Se ha comprobado científicamente que son tan eficaces como los fármacos y que los deben complementar. El plan ahorra 17 billones de euros en costos por bajas médicas, desempleo, y costo asistencial, y su costo va a llegar a los 245 millones, por lo que la propuesta no es sólo viable, sino un ahorro presupuestario, a la vez inteligente y sensible a las necesidades de la población. La decisión no es fruto de presiones realizadas por el colegio de psicólogos sino que se ha tomado después de que el prestigioso economista Lord Layard, profesor de la London School of Economics, elaborara un informe en el que se afirma que la salud mental es "el factor más importante con respecto a la miseria humana en este país... y debería ser una prioridad del gobierno". Según este informe, redactado hace más de dos años, los problemas de salud mental afectan al menos a 1 de cada 6 personas en algún momento, y si 900.000 personas recibieran atención psicoterapéutica se daría una reducción estimada en 25.000 personas en situación de desempleo, baja laboral o por discapacidad. Cada una de estas personas cuesta a las arcas del tesoro británico más de mil euros. Los beneficios de esta medida van a financiar con creces su costo, dice Layard, hasta hace poco asesor económico de Gordon Brown y del gobierno ruso. Y añade, el problema tiene solución porque las terapias psicológicas han mostrado empíricamente su eficacia para estos problemas, tal comoreconoce el Instituto Nacional británico de Salud para la Excelencia clínica, de acuerdo con sus rigurosos criterios. La situación no es nada diferente en nuestro país, y aun sin contar con un estudio macroeconómico, sabemos que cerca del 15% de la población adulta (y cerca de un 3% de la infantil) sufre problemas de salud mental (Encuesta Nacional de Salud, Ministerio de Sanidad,2006). Los costos en bienestar personal, familiar y social son enormes. Pero quizás lo único que puedan escuchar los responsables de los presupuestos gubernamentales sean los argumentos economicistas. Que tomen buena nota de los ingleses y harán un gran favor a la economía del país, y lo que es más importante, a la salud de los ciudadanos. Y por una vez, una cosa puede no ir en detrimento de la otra, sólo falta inteligencia, visión política y valentía para llevarlo a cabo. ¿Dispondrán nuestros dirigentes de tan preciadas cualidades?

Que cada cual piense lo que quiera. Lo mismo serviría para otras obsesiones mías. También en política, también contra el terrorismo, también para la memoria histórica: Hablar en vez de callar, pensar en vez de adormecerse, dialogar en vez de limitarse a mandar a la policía. Intentar entender y observar, analizar con pinzas: aunque duela un poco la herida, se airea, se limpia, se cura, cicatriza... aunque siga doliendo en los cambios de estación, ya no supura, ni hiede, ni pudre y gangrena el resto. Se la puede mirar, no es peligrosa como antes. La química, como la policía contra el terrorismo, puede servir en momentos de emergencia, pero no sustituir la escucha y el diálogo. Yo he visto personas convertidas en zombis gracias a la química, y he visto otras que funcionan, pero sin poder dejar sus fármacos, sometidas a sus efectos secundarios, deformados sus cuerpos y medio muerta su líbido, debilitados -convencidos de que no tienen recursos para soportar el dolor y superarlo- y con el problema a cuestas, cada vez más viejo e insidioso, con su estela de tristeza, sin resolverse ni airearse ni entenderse, condenados a repetir patrones dolorosos sin poder siquiera darse cuenta.

El otro día leí una reseña absurda contra el número 30 de la revista La Règle du jeu, dirigida por el sorprendente BHL, dedicada a defender el psicoanálisis frente a la última y siempre furiosa oleada de adversarios, y donde recogía testimonios de escritores, actores, intelectuales franceses reconocidos y agradecidos a la práctica freudiana y lacaniana, que les ayudó a (re)construirse y a escribir y a vivir en el mundo. El reseñista decía que, a pesar de su admiración por esos intelectuales, actores, políticos, escritores, ¿cómo podía prestigiar al psicoanálisis saber que había ayudado a gente inteligente y valiosa? Oh no, ¡sólo valdrían las estadísticas! Pero claro, pensé yo, la posición de alguien que valora los métodos estadísticos para registrar el sufrimiento mental o la mejora en la calidad de vida es bastante alejada del psicoanálisis. Medir el dolor, el sufrimiento, la curación en números generales, y no comparando a cada uno consigo mismo. Y ahora veo en ese artículo que las estadísticas y los números de los economistas también están de acuerdo en que la salud mental mejora con las terapias y el psicoanálisis.
A los que estamos cerca del análisis, me dijo alguien el otro día, nos cuesta entender que alguien prefiera tomar pastillas o darlas a sus hijos antes que hablar de las cosas en una consulta. Ese dolor generalizado, obstinado en perpetuarse e intentar enterrarse antes que enfrentarse con valor a cualquier verdad, nos rodea sobre todo en un país como éste, donde el silencio, la evasión, la negación han sustituido históricamente a la reflexión, la historia, la filosofía, como señalaba María Zambrano. Nada es casualidad. Nuestros vecinos franceses debaten, discuten, reflexionan, teorizan y nosotros tratamos de olvidar(nos)...

Yo misma sólo puedo asociar y agradecer al espacio psicoanalítico mi extraña felicidad inquieta y sembrada de puntos dolorosos, donde lo esperanzado macera con el asombro, esa vida de andariego pensante y/o rumiante, los interrogantes, la placidez, la desesperación y los arranques aventureros, el miedo y las tristezas viejas, todo arrollado en un torbellino vital y energético y las visiones burlonas de mi mismidad, en constante transformación, perplejidad y pensamiento, todo mijote, todo cuece en la misma cazuela analítica de mi lenta escritura a trompicones, salvada de mi pasado a base de integrarlo, de acogerlo, casi de acunarlo, invitando a mis demonios a comer.

Y hablando de comer, ayer olvidé contar una cosa. Tengo una amiga que detesta las patatas en cualquiera de sus formas, así como la sopa. Tampoco le interesa lo dulce. Yo, que observo con admirada envidia su sobriedad, identifico su rechazo de esos azúcares e hidratos de carbono con su independencia y su distancia de las emociones. Seguramente es una de mis fantasías, pero no puedo evitarlo.
Isabel Nuñez

1 comentari:

zbelnu ha dit...

Naturalmente, el número 30 de la revista La règle du jeu, dedicado a la defensa del psicoanálisis, puede encontrarse y/o encargarse en XOROI...