dimecres, 27 de gener de 2010

SUMISIÓN FORZOSA A UNA CUSTODIA IMPLACABLE. Carlos Rey

(...) Historia que se repetirá cuando en junio se apruebe el nuevo Codi Civil de Catalunya, que en su artículo 212-2 párrafo 5 pretende legislar el tratamiento ambulatorio forzoso y único, es decir farmacológico, principalmente inyectable retard, y que en su eufemismo técnico ya se le conoce como TAI (Tratamiento Ambulatorio Involuntario). Tratamiento coercitivo donde los haya. Asistencia que quita existencia. Medicación preventiva que sigue la política de la guerra preventiva, esa que sustituye la libertad por la seguridad y los valores por los intereses.



Se esquizofreniza el delirio de proyección histérica -la locura histérica- y, como veremos a continuación en el relato literario de una paciente singular, también la acción y efecto de retraerse: el retraimiento, aun cuando éste es un refugio para la seguridad psíquica, es decir, una solución de compromiso, un síntoma. No son éstos meros errores de diagnosis sino ejemplos de una práctica hegemónica donde el Saber deviene en Poder sobre el otro. Como dijo el dramaturgo inglés Nathaniel Lee, al toparse con los que quieren tener el Saber por el mango: «Me llamaron loco y yo les llamé locos; y entonces, maldita sea, me ganaron... por mayoría».

Rostros en el agua fue el segundo libro escrito por la varias veces propuesta al Premio Nobel de Literatura Janet Frame (Nueva Zelanda, 1924-2004). También la recientemente fallecida poetisa italiana Alda Merini (Milán, 1931-2009) fue propuesta al citado Nobel; y ambas escribieron sobre el frío que pasaron en los manicomios donde fueron ingresadas. Alda de los 30 a los 47 años y Janet de los 21 a los 30 años. Alda recibió 37 sesiones de electroshock para tratar su frío, y a la friolera de Janet ¡200! Sirva el título de uno de los poemarios de Alda Merini para definir el estado de la cuestión que aún sigue vigente: Clínica del abandono.

Janet Frame escribió Rostros en..., en paralelo al tratamiento de rehabilitación que recibió en Londres después de nueve años en el limbo psiquiátrico. Janet necesitó tratamiento a sus consecuencias por no recibir tratamiento a sus causas. Y es que un tratamiento, también, consiste en tratar de elaborar el por qué nos pasan las cosas que nos pasan. Para ello, también, se precisa de un profesional que trate de escuchar. Janet no tuvo quién le escuchara antes y durante su confinamiento pero sí en su rehabilitación. Rehabilitación que consistió en tratar de desembarazarse del sambenito de esquizofrénica y de la idea de que la enfermedad, ni lo explica todo ni es un refugio mejor que su propio retraimiento. Rehabilitación por iatrogenia podríamos denominarlo, pues iatrogenia también es cuando, al dictado de la moda o del de-ese-eme se diagnostica como enfermedad, lo que sólo síntoma o síndrome es. ¡Enfermedad mental!, se dice, para más INRI. Si en Londres le hicieron las pruebas que no le hicieron en Nueva Zelanda, fue para demostrar a nuestra autora que fue un fraude, que no error, hacer pasar su sambenito de esquizofrenia como un diagnóstico clínico. Y mal-trato institucional el tiempo que estuvo en el limbo, también jurídico, puesto que fue incapacitada para ejercer derecho alguno, según la Ley para los Mentales Defectuosos. A todas luces, denunciable. Sin embargo, en la elaboración literaria de Rostros en ... hay más vergüenza que venganza porque está escrita al dictado de su retraimiento. En todo el texto apenas un reproche en forma de pregunta: «¡Dios mío! ¿qué pretendemos al psiquiatrizar el alma?»

Cuando en 1961 se publicó este texto, escrito en primera persona, quiso la autora que no se la identificara con la protagonista de su relato, Istina Mavet, y lo presentó como producto de su imaginación. Veinte años necesitó para digerir su experiencia psiquiátrica, pues fue en los años ochenta cuando volvió a escribir sobre sí misma. Tres son los textos autobiográficos reunidos en un sólo título: Un ángel en mi mesa, y que la editorial Seix Barral acaba de reeditar, junto con su novela póstuma Hacia otro verano. Aquí se han editado casi todas sus novelas desde que en 1963 se editara Rostros en ... La mayoría aún se pueden encontrar en IberLibro.com. Un ángel en ... fue adaptada al cine por la directora Jane Campion y, a pesar de que fue premiada en Venecia-1990, aquí ni se llegó a estrenar y no es fácil conseguirla. Sin embargo, esta película supuso el reconocimiento popular a una autora que hoy en día está considerada como la mejor escritora de Nueva Zelanda, junto a Catherine Mansfield. Otra vida para alucinar chufas.

En los escritos autobiográficos reunidos en Un ángel en..., Janet Frame nos refiere su infancia, adolescencia, su manicomial juventud, de cómo la publicación de su primer libro de relatos le salvó de la cirugía estética prefrontal; de su periplo europeo durante siete años con escalas en Londres, París, Barcelona, Ibiza, donde vivió un año y conoció el amor y sexo junto a un cineasta norteamericano, exiliado del régimen paranoico de McCarthy. También el desamor. Su estancia de tres meses en Andorra donde se recuperó de un aborto natural. Y de nuevo a Londres donde recibió el tratamiento de rehabilitación hasta que la noticia de la muerte de su padre le hizo volver a Nueva Zelanda y empezar una nueva vida como escritora de éxito. Y también nos relata todo aquello que calló en Rostros en..., ya que en el momento de su publicación quiso evitar que su sambenito psiquiátrico influyera en el juicio literario de sus lectores. Consolidada como escritora no le importó reconocer que Istina Mavet fue ella. Leídos estos dos textos en paralelo se deduce que la elección del nombre Istina Mavet es causal, pues Istina en serbiocroata significa verdad y Mavet en hebreo muerte. Sucintamente, la familia de Janet fueron colonos escoceses. El padre de Janet un rudo ferroviario y la madre una criada beata. Janet tuvo una hermana y un hermano mayores que ella y dos hermanas menores. Antes que Janet nació un hermano muerto sin nombre. Y con Janet nació un gemelo que apenas vivió una semana. De niña, en el entierro de su abuelo se percató de una lápida familiar donde estaba escrito su nombre: Janet Frame, muerta a los 13 meses. Por si las moscas se inhibió de preguntar y de sacar en exceso el cuello de su camisa. El cenit de la depresión económica, que como la actual haremos bien en llamarla crisis por falta de Ética, le proporcionó preocupaciones más vitales. A sus ocho años, su hermano mayor empezó a su sufrir ataques convulsivos. «Nuestra existencia se alteró de golpe. El médico diagnosticó epilepsia. Recetó a mi hermano fuertes dosis de bromuro...» La madre se negó a que lo internaran en el mismo manicomio adonde años después fue a parar Janet con autorización materna incluso para que le practicaran una lobotomía. El hermano epiléptico «abandonó la escuela. Madre se entregó en cuerpo y alma a su cuidado. Si alguien me observó en aquellos días, vería sin duda a una niña ansiosa, presa de temblores y tics, a solas en el patio de recreo...(...) Sus hijas sobrevivimos por medios propios, más la ayuda esporádica de papá...» Su padre nunca se rehizo de la herida narcisista de que su único hijo varón le saliera rana. Y arremetió contra él, pegándole tantas palizas como ataques tuvo con el pretexto de que aprendiera a controlarlos. Al poco tiempo, a su hermana mayor, una adolescente vital y rebelde, le diagnosticaron un defecto cardíaco. No tardó en morir por ese problema ahogada mientras nadaba. Diez años después murió su hermana Isabel, con la que se llevaba 20 meses, en/por las mismas circunstancias y causas. Janet sintió que la muerte la acorralaba, impidiéndole salir de su refugio psíquico. Aprovechó para leer todo lo publicado de las tres hermanas Brontë, que como se sabe fueron huérfanas de madre a una edad temprana, además de ser representantes de la mejor literatura inglesa. Pero ni en su refugio se libró de la presión del super-yo paterno para que compensara la pérdida de sus hermanas y, sobre todo, las expectativas imposibles de cumplir por su hermano epiléptico. «A diario, cuando llegaba de la escuela me preguntaba padre entre bromas y veras: ¿Has sido hoy la primera de la clase? ¿A quién venciste? ¿Qué? ¿Ganaste a M., o S., o a T.?» Tres subrogados de sus hermanas muertas y hermano tachado para el padre y sobreprotegido por su madre. Mientras, Janet procuraba ser «invisible y esconder en mí cuanto despertara la desaprobación o la cólera» paterna. La adolescencia de Janet coincidió con el inicio de la Segunda Guerra Mundial. Y aunque en la retaguardia, las noticias de las muertes fueron el pan de cada día. Así como el adoctrinamiento sobre la pureza de la raza que venía a sumarse al latente discurso paterno. «Esta creciente atención a la pureza racial llegó a nuestra ciudad desde la Alemania nazi y el imperio británico. Se discutía mucho en la escuela sobre eugenesia y la posibilidad de crear una raza perfecta. Se pusieron de moda los tests de inteligencia, y unos ciudadanos clamorearon que estaban perfectamente calificados para pertenecer a la raza perfecta y se acusó a otros de no estarlo...(...) Había también la cuestión de la personalidad. Era obligatorio tenerla. Yo no la había notado en mí...» Pero cuando un día se ruborizó al felicitarle su profesora en voz alta por componer poemas, al tiempo que la tildaba de tímida, «yo me adueñé de aquello e hice de la timidez un ingrediente de mi personalidad». Sólo a su diario se atrevió a decirle: «ellos creen que seré maestra, pero seré poetisa». Así que se fue a una ciudad más grande a estudiar magisterio para hacer tiempo. Las penurias que pasó no fueron pocas pero los poetas «seguían siendo los que iluminaban para mí los lugares que nadie más parecía querer mencionar o visitar». A los pocos días de estallar las bombas atómicas en Hiroshima y Nagasaki -más muertos-, Janet cumplió 21 años, alcanzando su mayoría de edad. Empezó a trabajar como maestra y también a estudiar la carrera de psicología. Pero su frágil estabilidad psíquica dejó de serlo la mañana que le tocó recibir en su clase al inspector de enseñanza. Excusándose, salió de la clase por un momento pero en realidad se fue de la escuela sabiendo que nunca más volvería. En su frágil estabilidad irrumpió el super-yo paterno, subrogado en la figura del inspector. Le superó la escena de la misma manera que no pudo matar a su hermano epiléptico, en el sentido de sustituirlo, superándolo. Tampoco pudo matar al padre. Demasiadas muertes. Mejor darse de baja del sistema con la ayuda de la baja médica. Recurso al que acuden miles de mujeres como protesta muda a la estafa que ha supuesto una liberación que las ha condenado a entregar su (re)producción al nuevo amo capitalista.


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